Moisés Vaca

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    Nuestra lucha no es solo por un regateo de supuestos despenalizadores o de plazos: se juega nada menos que la concepción misma de la reproducción de la vida de la especie, lo que permite a su vez la concepción de nuestra especie misma
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    lo que hace de un agregado de células un hijo es el deseo materno, la capacidad de la mujer de presentificar y anticipar la existencia del otro dentro de sí”
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    Es significativo constatar que la idea de “el varón razonable” como sujeto capaz de un adecuado juicio normativo no tiene correspondencia con la de “la mujer razonable”. Por ejemplo, se afirma que por consentimiento de la mujer a la relación sexual debe entenderse lo que “un varón razonable” interpretaría como tal. Sin embargo, la figura de “la mujer razonable” no se contempla en los debates ni en las legislaciones referentes a la interrupción voluntaria del embarazo. No se la considera sujeto autónomo, capaz de autonormarse racionalmente y de proyectar sustantivamente su propia vida
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    Como decía el filósofo analítico Ludwig Wittgenstein, habría que pedirles a los “pro vida” una coherencia lingüística y que aplicaran los mismos criterios de uso en todos los casos análogos a aquellos en los que incurren en despropósitos semánticos, en los que envían al lenguaje “de vacaciones”. Les proponemos que reformen el uso del lenguaje en su totalidad en consonancia con su maniobra semántica consistente en llamar “niño” al feto por ser un niño in fieri: que a todo lo que está en proceso de ser algo lo denominen con el nombre que le corresponde cuando el proceso está acabado. Así, que llamen licenciados a los alumnos de primer curso, gallinas o tortillas a los huevos, mariposas a las crisálidas, diputados a los
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    candidatos a diputado. Que se refieran a la zona de reciente repoblación forestal como bosque frondoso, a la bellota la llamen roble, y así sucesivamente… Y sigue pendiente la pregunta de Simone de Beauvoir: ¿por qué la Iglesia no ha bautizado a los fetos
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    Abortivo: dos porciones de pasas silvestres, diluirlas en hidromiel y darlas a beber.

    Otro abortivo: una medida líquida de jugo de pepino silvestre esparcida en pan de cebada, aplicar esto en pesario después de haber ayunado durante dos días
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    es necesario que tengamos claro que no podemos imponer nuestros propios códigos religioso-morales a los otros
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    Como muy bien lo dice Celia Amorós, se reconoce un nacimiento del orden de la carne (es decir, gracias a la mujer que pare a una niña o un niño) y un nacimiento de orden simbólico (es decir, gracias al reconocimiento de la niña o el niño por parte del padre, quien lo integra al genos). El primero es un nacimiento “natural” (de ahí la denominación de “hijo natural” cuando solo se identificaba a la madre). El segundo es un nacimiento al lógos, que implica la inscripción de la niña o el niño en el orden simbólico (patriarcal) de la familia, el clan y, finalmente, la sociedad. Este segundo nacimiento es potestad del padre que reconoce a la niña o al niño como “legítimo”, condición necesaria
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    necesaria para que se lo críe y eduque como miembro de ese genos.7

    ¿Qué pasaba cuando el padre no reconocía a esa hija o hijo?
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    En pocas palabras, los límites de lo público-privado se regían por un mecanismo ideológico común: el modelo patriarcal que implicaba la exclusión de las mujeres de las instancias generales de decisión y particularmente las que
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