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Ian McEwan

  • Marta Rimoldiцитує2 роки тому
    bando de los ángeles
  • Marta Rimoldiцитує2 роки тому
    perezoso por naturaleza
  • Marta Rimoldiцитує2 роки тому
    financiada por la CIA,
  • Marta Rimoldiцитує2 роки тому
    tan prestigioso, como mínimo
  • Marta Rimoldiцитує2 роки тому
    vestigio de una vieja cochera
  • Rafael Ramosцитуєторік
    La temperatura, en el centro de Londres, era aquel día –11º. Once grados bajo cero. Había algo gravemente erróneo en el mundo cuya culpa no podía atribuirse a Dios ni a su ausencia. La primera desobediencia del hombre, la Caída, una figura que se desploma, un oboe, nueve notas, diez notas. Clive poseía el don del oído absoluto, y podía oír aquellas notas descendiendo desde el sol. No necesitaba ponerlas por escrito.
  • Rafael Ramosцитуєторік
    Era, pues, la segunda vez que estaban juntos. Ella, probablemente, no había cambiado. Pero él sí. En los diez años transcurridos había aprendido lo bastante como para permitir que ella le enseñara algunas cosas. Él siempre había pecado de exceso de vehemencia. Ella le enseñó el sigilo sexual, la esporádica necesidad de la calma. Quédate así, quieto, mírame, mírame de verdad. Somos una bomba de relojería. Él tenía casi treinta años (su desarrollo había sido tardío, según las pautas actuales). Cuando ella encontró un sitio donde vivir y se puso a hacer las maletas, Clive le pidió que se casara con él. Ella le besó, y le citó al oído: Se casó con ella para evitar su partida. / Hoy la tiene delante todo el santo día. Y tenía razón, porque cuando Molly se marchó él se sintió más feliz que nunca al quedarse solo, y escribió Tres cantos de otoño en menos de un mes.
  • Rafael Ramosцитуєторік
    nuestra capacidad para «leer» ritmos, melodías y armonías gratas, al igual que la capacidad exclusivamente humana para aprender el lenguaje, nos era dada genéticamente. Según habían comprobado los antropólogos, el ritmo, la melodía y la armonía existían en todas las culturas musicales del planeta. Nuestro oído para la armonía era un elemento «integrado». (Más aún: sin la existencia de un contexto armónico, la discordancia –o ausencia de armonía– carecía de sentido, no era en absoluto interesante.) La comprensión de una línea de una melodía era un acto mental complejo, pero podía realizarlo incluso un niño de corta edad; nacíamos dentro de una herencia, pertenecíamos a la especie del Homo musicus. Definir la belleza de la música debía entrañar por tanto una definición de la naturaleza humana, lo cual nos hacía volver de nuevo a las humanidades y a la esencia comunicativa de la especie.
  • Rafael Ramosцитуєторік
    –En este periódico los gerundios hacen oficio de gerundios, y nunca de otra cosa, y en especial en un editorial, por el amor de Dios... Y «mayoría»... –Dejó la frase en suspenso, para crear un efecto teatral, mientras simulaba buscar en el texto que tenía delante–. «Mayoría» exige un verbo en singular o en plural, depende. ¿Vamos a tener bien claras de una vez por todas estas normas?
    Vernon se percató de la aprobación general. Era el tipo de cosas que a los «gramáticos» les gustaba oír. La redacción en pleno vería cómo el periódico descendía a la fosa con una cabal pureza de sintaxis.
  • Rafael Ramosцитуєторік
    Estos individuos –los novelistas eran, con mucho, los peores– se las arreglaban para convencer a amigos y familiares de que no sólo sus horas de trabajo, sino cada cabezada o cada paseo, cada rato de silencio, depresión o borrachera llevaba en sí mismo el marchamo exculpatorio de una alta meta. Una máscara para ocultar la mediocridad, en opinión de Clive. No dudaba que la vocación artística fuera alta y noble, pero el mal comportamiento no era parte integrante de ella. Quizá en cada siglo se dieran una o dos excepciones. Beethoven, por ejemplo; Dylan Thomas, rotundamente no.
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