Arthur se levantó con rapidez, pero en vez de agarrar la bata que le tendía Linus, le sujetó el rostro entre las manos y le dio un profundo beso, sin importarle el aliento mañanero. Linus parpadeó despacio, aturdido, y Arthur deseó que las cosas fueran siempre así.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó Linus.
—A que podía.
—Ya veo. Podrías volver a hacerlo, si quisieras.
—¿Ah, sí? —Arthur se inclinó hacia delante para volver a hacerlo.