Para mí los Balcanes son un color, no un topónimo. Los nombres se olvidan con más facilidad, solo tienes que llenarte de palabras extrañas, de mapas extraños y las letras desaparecen como un azucarillo en la lengua. Pero los colores permanecen, como chiribitas bajo los párpados, aunque ya hace mucho tiempo que dejé el sentimentalismo abandonado en casa de mi madre. Los colores no se borran con los kilómetros.