En realidad, todo podría tener su origen en el movimiento antivacunas, bautizado a principios de 2019 por un estudio del Dartmouth College de Hanover (Estados Unidos) con el nombre de «histéresis», pero que realmente tiene sus raíces en el siglo XVIII, cuando diferentes eminencias religiosas del Reino Unido comenzaron a oponerse a la inoculación por considerarla pecaminosa. Si las enfermedades eran enviadas por Dios como castigo por nuestros pecados, cualquier intento de frenar esa injerencia divina a través de la ciencia debía ser, por definición, inmoral y obsceno.