De esa manera transcurre una hora y luego otra. De pronto suena el timbre en la puerta de entrada. Si fuera el médico... En efecto, es él, fresco, sano, gordo, alegre, con esa expresión que parecía decir: «Bueno, se ha asustado usted, pero ya estoy yo aquí para arreglarlo todo». El médico sabe perfectamente que en este caso la mencionada expresión no tiene ningún sentido, pero está ya tan acostumbrado a ella que no se la puede quitar de la cara, como esos hombres que se ponen el frac por la mañana para ir de visita.