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Книжки
Michela Murgia

Tres cuencos

Se enamoran de una figura de cartón o de un soldado en miniatura, odian a los niños aunque los lleven en el vientre, abandonan a una mujer pero permanecen prisioneros de ella, vomitan amor y rabia, se autolesionan, traicionan, enferman. Estos son algunos de los personajes que conforman este sobrecogedor libro de Michela Murgia, hecho de historias que se funden las unas en las otras, en las que todos los protagonistas están marcados por algún cambio que los obliga a encontrar formas inéditas de supervivencia emocional. A veces por un duelo, una lesión, un despido, una enfermedad, la pérdida de una certeza o de un amor, pero siempre a causa de un cambio en el horizonte que no deja escapatoria y que pulveriza certezas y esperanzas.
Murgia, en estado de gracia, escribió y legó con Tres cuencos–a la postre su último libro— una obra originalísima que remite a otros grandes títulos de la literatura contemporánea, como El Crack-Up, de F. Scott Fitzgerald, o El año del pensamiento mágico, de Joan Didion.
«Murgia nos fuerza a preguntarnos, como individuos y como comunidad, qué significa sobrevivir y cómo aprender de una vez por todas a ser, como era ella, absolutamente libres». Isabel Coixet
142 паперові сторінки
Правовласник
Bookwire
Дата публікації оригіналу
2025
Рік виходу видання
2025
Видавництво
Altamarea Ediciones
Перекладач
Carlos Clavería Laguarda
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Цитати

  • Mariana Faccioцитуєминулого місяця
    mujer recordaban algo que ya no vivía en él. Dicen que el final de un amor se preanuncia tres veces con señales evidentes, si sabes verlas. Ella
  • Mariana Faccioцитуєминулого місяця
    cuidadosamente compadecerse delante de testigos, porque el luto amoroso encuentra compasión solo durante un tiempo, superado el cual hasta el cómplice más participativo se convierte en juez. No podría
  • Mariana Faccioцитуєминулого місяця
    Cuando él me dejó, lo primero que hice fue lanzarme a comer lo que me daba la gana, a las horas que tenía hambre. No importaba que no tuviera hambre jamás. Me bastaba con saber que, si quería anchoas nada más levantarme, podía comer anchoas. Si me apetecía comer a las cinco de la tarde, era libre de hacerlo. Si no me apetecía la cena, podía saltármela. Comes desordenadamente, se oía la voz de mi madre. Era cierto. Si no había orden, no debía obedecer.
    La

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