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Irene Solà Saez

Los diques

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    Ahora todo en dedansцитує2 місяці тому
    Siempre que Marta conduce así, concentrada y en silencio, Ballador padre piensa que qué quieren que les diga, si está contento, e incluso relajado, y orgulloso, de que le hayan salido dos hijos como él; que aman un poco lo que él ama y defienden un poco lo que él siempre ha defendido. ¡En su regazo, esta ratoncita, a la que le gustan los tractores y los arados! Vicenç Ballador padre tiene en casa dos mozos ciegos como dos topos, ciegos como una tabla de planchar, contentos de conducir un tractor o de tocar la batería, con una sensibilidad que se alimenta solamente de cosas tranquilas y cotidianas. Viva. Dos cachorros, tiene, que no se meten a mirar dentro de las personas, ni debajo de las piedras, ni saben nada de las desgracias de los demás a menos que lo afecten a uno.

    Habría que hacer una fiesta, piensa el hombre. Habría que tirar la casa por la ventana y bailar toda la noche y quemar toda la paja si, como a Ballador padre, a uno le salen dos polluelos mundanos y mediocres y felices como la mala hierba.
    Ahora todo en dedansцитує2 місяці тому
    Marta dirá que quiere ser granjera casi hasta los quince años, por sentido de la lealtad hacia su padre y la granja, que es su proyecto de vida. Por un amor absoluto y una defensa desaforada de esos caminos, y esos campos, y aquellas granjas y aquellos granjeros. En algún momento, sin embargo, cambiará el campo por la veterinaria, y su madre entenderá que así va a ser más feliz.
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    Las niñas también pueden ser granjeras, ¿no, papá? –dice Marta, concentrada en mantener el timón firme y en línea recta e infinita a través del campo que tienen por delante.

    –Por supuesto que sí.

    –Joan Martínez de mi clase dice que no.

    –Joan Martínez de tu clase no sabe nada.
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    Después de haber empolvado a los ciclistas, Vicenç Ballador padre le hizo prometer a Marta que no le iba a decir a su madre que la había dejado hacer ese gesto. Marta no diría nada, pero seguro que Mercè se iba a dar cuenta. Y si lo sabía, seguro que, de hecho, lo secundaría. Ciclistas, invasores dominicales que pensaban que esa carretera era suya. Ciclistas, con su intolerancia, su desprecio por los que tenían que hacer su trabajo, por aquellos que de hecho pagaban los impuestos de esa carretera, ciclistas que nunca se apartaban, que no te dejaban adelantarlos aunque les tocaras el claxon, aunque les hicieras señales por la ventanilla, aunque bajaras del tractor y te arrodillaras; su condescendencia ciclista, su certeza egoísta de encarnar el núcleo y la razón de ser de ese paisaje, encendía a Vicenç Ballador hasta la insurrección. Y a Marta también.
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    Los jubilados, sin embargo, sí que le despertaban un respeto. Los jubilados que se levantaban temprano y se arremangaban la camisa y los pantalones. Los señores que se ataban una camiseta en la frente, las señoras que se agarraban a un bastón largo como una vara y lo clavaban en el suelo a cada paso.
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    Se reía, este hombre, de las familias y los amigos que quedaban a las diez para ir a caminar. Domingueros, pensaba. Vestidos con ropa cualquiera. Cargando botellas de plástico. Bolsas de plástico. Sin equipamiento. Sin objetivos. Gente que salía abrigada de casa como si se fuera a la nieve, porque la gente que no está acostumbrada al campo y a la montaña no sabe salir con un poquito de frío. Gente que necesitaba quitarse cierto malestar de encima, cierta culpa de trabajar en la ciudad, y de vivir en la ciudad, y de pagar un gimnasio al que no iba. Gente que caminaba para cansar a los niños o para pasear a los perros. Personas que no sentían nada por lo que veían, ningún tipo de conexión con el paisaje ni con el entorno.
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    Hay odios que se transmiten de padres a hijos. Niños de tres y cuatro años, y nueve o diez, que entienden las conversaciones de los adultos aunque los adultos no lo sepan, que captan un gesto de animadversión, una mirada de antipatía; que, como los perros, notan el sutil cambio de olor de sus progenitores, la alteración repentina de la respiración después de un hecho específico, de una interacción concreta, de la aparición de alguien. Y se apropian del odio. Se adueñan de él y lo comparten. Por amor y lealtad y sentido de la pertenencia al clan.
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    Y esta es la lluvia que cae sobre los árboles y las hojas y las ramas. Y sobre la tierra. Y sobre el barro y los charcos y las piedras. Y sobre las capas y las capuchas y sobre los hobbits. Y sobre la puerta de Bree. Y sobre el cerrojo de la puerta de Bree. Y sobre las casas de la aldea de Bree. Y sobre el carcelero de la puerta, que dice:

    –¿Qué quieren?

    Y sobre los cabellos de Frodo, que chorrean agua fría que se le mete en los ojos y en la boca cuando contesta:

    –Vamos a la posada del Pony Pisador.

    Y sobre la lámpara de aceite del hombre cuando abre la puerta y exclama: «¡Cuatro hobbits!» Y sobre Merry, y Pippin, y Sam, cuando cruzan temerosos el portal. Y sobre los jinetes negros que los buscan. Y sobre la granja, y sobre el tractor, y sobre el cobertizo de la paja, y sobre el porche y el tejado, y sobre la era de trilla de Can Ballador. Y sobre los cabellos, y los hombros y la espalda de Mercè de Can Ballador cuando entra en casa y pregunta:

    –¿Qué hacéis a oscuras?

    Y esta es Marta de Can Ballador, con doce años, acostada en el sofá y tapada con una manta, que contesta:

    –Estamos viendo El Señor de los Anillos.
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    Habían colgado, por esas comarcas, a más de treinta mujeres. No las habían quemado, sino colgado. Mujeres curanderas que pecaban porque sabían curar con hierbas y plantas y ungüentos y oraciones y sortilegios. Porque sabían practicar abortos y ayudar en el nacimiento de las criaturas, y porque creían en los augurios
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    Roser cortaba la carne blanca del matacandil con la navaja, en trozos gruesos, y se los comía como si fuera un queso con gusto a bosque, y a musgo, y a humedad, y a champiñón, y a tierra deliciosa
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    Quiero escribir escenas, o cuentos, o lo que sea, sobre momentos o situaciones en las que yo no haya estado. Escribirlas a partir de lo que me contaron o de lo que me imagino
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    Una vez los chicos habían corrido a buscarlo porque habían encontrado un cadáver. Vicenç hijo traía una mandíbula en la mano y Marta lo seguía. Vicenç padre había agarrado el hueso seco y gris, lo había examinado y había matado la aventura detectivesca diciendo que era un hueso de cordero. Ahora, Marta estaba terminando veterinaria y Vicenç hijo daba clases de música y tocaba la batería en un grupo en el que no hacían otra cosa que gritar, pero se ve que eran buenos, y habían hecho una gira por Inglaterra, y se llamaban John Deere, que era la marca de su tractor. Ese detalle hacía que se sintiera bastante orgulloso
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    La tía decía: «Un hombre muerto solo alimenta el palmo de tierra donde está enterrado»
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    El camionero saludaba desde lejos con una mano o con la cabeza. Nunca se bajaba, ni paraba más tiempo del necesario, y la verdad es que se lo agradecían porque el hombre acarreaba la muerte detrás de sí. Y no una idea abstracta e higiénica de la muerte, nada de la figura negra, atildada y con guadaña. Acarreaba la peste a carroña que emana de la muerte, infecta y abusiva, ácida y caliente, que irrumpe nariz adentro.
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    En el campo hay que tener perros grandes y sufridos, un pastor alemán o un mastín, perros que le aúllen a la luna y sean capaces de enfrentarse a los jabalíes.
    Ahora todo en dedansцитує2 місяці тому
    Atrevido porque de todos los gatos es el único que se deja coger. No es que le guste, es que no tiene miedo
    b7061736414цитує10 місяців тому
    contó el mito de Aracne. Se ve que Aracne era una gran tejedora
    b7061736414цитує10 місяців тому
    Los males silenciosos, transparentes y sigilosos matan. Los que se te meten dentro traicioneramente durante meses o años y no llaman a la puerta ni se tropiezan con ninguna silla. Los males que entran a gritos quieren que todo se detenga. Y estos males, los que no matan, los que ladran pero no muerden, son como un río encrespado. Marrones e incontrolables.
    b7061736414цитує10 місяців тому
    Con la oscuridad, que alarga las sombras y las penas y el padecimiento.
    b7061736414цитує10 місяців тому
    no eras el comienzo, tú, ni eras el final. Eras la mirada, tú, muchacho. La mirada debajo de la cual existen todas las cosas.
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