de balonmano y la cara descascarillada. Sin embargo, lo peor es que la menopausia provoca un estado de la sensibilidad que te induce a creerte vulnerable y, consecuentemente, a serlo. Como si se tensaran todos los hilos de dentro de la caja torácica y una tirantez perenne te impidiera respirar. No se duerme bien, ni se defeca bien, ni los alimentos saben de la misma forma. No se huele igual y se camina con cierta prevención a las fracturas. Mi madre dice: «No me aguanto ni yo.» Por las noches, sufro calambres en los dedos de los pies que no se parecen en nada a los movimientos reflejos, a la tensión, del orgasmo en ese otro pie, más joven, que antiguamente se estiraba y se encogía y cambiaba de número y rompía el cristal del zapatito por efecto del placer. Ahora soy una taza de loza de cintura para abajo. Me abrillanto con lejía. No quiero que me toquen. No me masturbo.