Kierkegaard se había comprometido con ella en su juventud, pero era un hombre enfermizamente melancólico, y temió que ese carácter suyo fuera a hacerla desdichada. Con gran dolor de su corazón, resolvió romper el compromiso y, en vista de la consternación de ella, fingió no amarla con el propósito de que le olvidara y rehiciera su vida.