Los días festivos después de la guerra, en la interminable lentitud de las comidas, surgía de la nada y tomaba forma el tiempo ya empezado, ese que a veces parecían detener los padres cuando olvidaban contestarnos, con la mirada perdida, ese tiempo en el que no estábamos, en el que nunca estaremos, el tiempo de antes. Las voces mezcladas de los comensales componían el gran relato de los acontecimientos colectivos a los que, a fuerza de escucharlos, nos parecía haber asistido.