Para los pendejos no hay nada más estimulante que contarse tu historia a su manera. Adoran a su Lucrecia muda, guapa, etérea: muerta. No saben que lo entendiste todo y que por eso no quisiste compartir más el mundo con ellos. “¿De qué van los pendejos en este mundo?”, me imagino que te preguntas al vivirlo en carne propia y sentirte sobajada, ultrajada, humillada. Y te contestas: van de no ir, de ser finitos, de derrumbarse, de ser olvidados, de convertirse en fechas y datos históricos, en tumbas, en concreto gris, vacío, en monumentos y bustos que ignoramos en los parques y en los museos que visitamos por ritual.