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Книжки
Rosario Castellanos

Los convidados de agosto

Este libro presenta la vida de la pequeña clase media en la ciudad provinciana (frontera entre el México indio y el resto del país), poblada aún por los pequeños dramas que suelen engendrar tradiciones, prejuicios o costumbres acaso inalterables. Tres cuentos y una breve novela, “El viudo Román”, reúne este volumen, que trasciende el localismo, observado con piedad e ironía y por medio de un estilo admirablemente ceñido a su materia.
156 паперових сторінок
Дата публікації оригіналу
2015
Видавництво
Ediciones Era

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Цитати

    Krishna Hare Krishnaцитує3 місяці тому
    Tomó las manos de su mujer y la miró a los ojos.

    —Yo tenía una novia, Gertrudis. Desde que los dos éramos asinita. No me ha faltado. Me espera.

    Gertrudis retiró las manos y bajó los ojos.

    —Además nuestro matrimonio no es válido. No hay acta, no hay papeles…

    —Pero mi papá se va a enojar. El puso los testigos.

    —Para no ofenderlo vamos a divorciarnos. Por fortuna no te has cargado con hijos.

    —¿Seré machorra? —se preguntó a sí misma Gertrudis.

    —A Dios no le gustan las embelequerías de gentes como nosotros. Por eso no llegan las criaturas.

    —¡Qué bueno! Porque es muy triste eso de ser machorra.

    —Así que estás libre y yo te voy a ayudar en lo que se pueda. ¿Adónde quieres ir?

    —No sé.

    —¿A La Concordia? ¿A Comitán?

    Gertrudis negaba. Nunca le había gustado regresar.
    Krishna Hare Krishnaцитує3 місяці тому
    Tomó las manos de su mujer y la miró a los ojos.

    —Yo tenía una novia, Gertrudis. Desde que los dos éramos asinita. No me ha faltado. Me espera.

    Gertrudis retiró las manos y bajó los ojos.

    —Además nuestro matrimonio n
    Krishna Hare Krishnaцитує4 місяці тому
    ulia casi se desmayó de horror cuando encontró, esparcidos por los corredores, los restos de la gallina negra descuartizada. Y Natalia había visto algo más: cómo se alejaba, a la luz clandestina del amanecer, la silueta de una mendiga. Destrabó la aldaba de la puerta de calle, salió, cerró tras de sí.

    Al través de los visillos de su vidriera Natalia la vio irse y no hizo ningún ademán para detenerla. Y aunque tenía los ojos nublados por el llanto pudo advertir que Reinerie iba descalza.

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